Todos los niños y sus madres deberían poder vivir el momento del parto en un lugar acogedor, de confianza y bienestar, acompañadas por las personas que aman y por todo aquello que les da placer. Las mujeres, como mamíferas, estamos hechas para parir en entornos tranquilos y familiares, sin personas desconocidas, ruidos ni distracciones externas. Parir forma parte de la sexualidad femenina y, como tal, requiere intimidad, relajación, confianza y entrega. También creo que todos los bebés merecen poder nacer en entornos respetuosos y dulces, para estar cuidados y en paz en su llegada al mundo y en sus primeros momentos de vida, y que esto puede influir en su bienestar en los primeros días y en su transición hacia el mundo exterior, que considero que debe ser lenta, gradual y muy cuidada.
Creo que ya sabía que quería tener a mi primer hijo en casa antes de quedarme embarazada. Nunca he sentido un hospital como el lugar adecuado para este momento tan íntimo e importante, ya que para mí los hospitales son lugares donde va la gente enferma, y una embarazada sana y sin complicaciones previas no es una persona enferma en el momento del parto. ¿Cómo podría yo, durante el parto, entrar en la entrega y relajarme en un entorno hospitalario? Creo que se me cortaría el rollo, que tendría miedo, me sentiría insegura por quién me atiende y cómo, vulnerable… A menudo la gente me decía que era muy valiente por parir en casa. Y yo siempre he pensado que valientes son las que van a los hospitales sin saber qué les espera. Yo, aun estando entregada a posibles imprevistos y complicaciones que pudieran darse en el momento, preparaba la llegada de mis hijos con ilusión en casa, creando un nido acogedor, con la música que sonaba, los olores, las luces y, sobre todo, las personas. Saber que tenía la posibilidad de contar con un equipo de profesionales de confianza en todo el proceso lo convertía en la mejor de las experiencias de vida posibles, fuera como fuera todo. Más que valiente, me sentía informada, agradecida y conectada con mi instinto y sentido común. Lo tenía muy claro y no tenía ningún miedo del momento; al contrario, me sentía emocionada y, en un tercer parto en casa y después de dos experiencias maravillosas, valorando aún más el regalo de recibir a mis hijos en intimidad. También estaba preparada para que las cosas pudieran complicarse, aunque no lo consideraba muy probable, ya que las matronas en casa disponían de todos los recursos para emergencias y, bueno, también se pueden complicar las cosas en los hospitales; eso ya no dependía de mí. Siempre he sido consciente de que, cuando nos entregamos a la vida, nos entregamos a la muerte. Yo deseo y anhelo larga vida a mis hijos y agradezco cada día de su existencia y su salud. Gracias, gracias y gracias a la Vida por cada día que comparto con ellos.
Las últimas semanas de agosto habían sido por fin un poco más lentas y placenteras, ahora que C estaba de vacaciones y no estaba sola en la logística y el acompañamiento de los dos niños durante el verano. Mi cuerpo se sentía fuerte y sorprendentemente más ligero, me acompañaba una sensación de relajación muscular por todas partes, ningún dolor, incluso las digestiones eran más ligeras. Cada día encontraba pequeños momentos para sumergirme en el agua del estanque, del mar, del río o de la piscina. Allí flotábamos, balanceaba el cuerpo, hacía mi propia danza dentro del agua con el bebé y, si era en la piscina, nadaba un poco muy lentamente, imaginando que invitaba a mi bebé a nadar hacia la vida extrauterina tan maravillosa que estaba viviendo aquel verano y en aquel entorno. Sí, por fin la espera era dulce, e intentaba no obsesionarme demasiado con las prisas, ya que todo era placentero. Entraba en la semana 41 y solo el protocolo me invitaba a pensar que había que acelerar pronto de alguna manera. ¡Es tan mágico este momento de no saber cuándo empezará todo…! Lo mejor es hacer vida normal y confiar en que el momento llegará solo cuando una no piense en ello, y probablemente sea el mejor momento.
Aquella tarde de viernes, I, de 8 años, fue a jugar a casa de su amiga A. Después de comer y antes de marcharse se despedía de nosotros diciéndole a la barriguita: «¡bebé, ya puedes salir!», hasta que prefirió coger su varita mágica de Harry Potter y hacer un hechizo directamente sobre la barriga: «¡que salga mientras estoy en casa de A!». Para reforzar la cosa, después decidió usar sus dos manos y ponerlas directamente sobre la barriga, cerrar los ojos y pronunciar las mismas palabras bien concentrado. Yo reía y decía: ¡a ver, a ver si funciona! Nos quedamos la tarde con el pequeño de 3 años, decidimos ir a caminar por el bosque de los alrededores de casa un rato antes de cenar y a ir a buscar a I. Caminar me hacía sentir bien, y más por el bosque; pensaba que animaría al bebé a moverse e iniciar el proceso. Cuando volvimos a casa hablamos con la madre de A: I se quería quedar a cenar y a dormir y ya lo iríamos a buscar a la mañana siguiente. Por teléfono le dije: seguro que si nace durante la noche y tú no estás y tu hermano sí, ¿no te sabrá mal? Y él me dijo claramente que no, que quería verlo una vez nacido y que no pasaba nada. Así que C empezó a preparar las pizzas caseras para los tres; yo jugaba en el suelo con N al dominó de los animales africanos cuando, de repente, aquel ruidito interno de desgarro seguido de un poco de agua caliente entre las piernas, ¡ups! ¡He roto aguas! Los otros dos partos habían empezado así también, sin ningún aviso. Como eran las 21:30h, pensamos en llevar a N con los abuelos a Banyoles, ya que la noche era larga y era probable que se iniciara el parto. Los abuelos estaban cenando en un restaurante; N se puso muy contento de poder pedir croquetas y helado y ser nieto único aquella noche.
Me quedé sola en casa y empezaba a sentir alguna sensación en el bajo vientre. Fui a la habitación, me desnudé y puse el difusor de aromaterapia con limón y mandarina, las luces tenues y la música relajante. De repente, una primera contracción, bastante fuertecita hay que decir, uf. En nada, otra bastante intensita también. Eran las 22h. Avisé a las matronas y di prisa a C, quería que estuviera ya conmigo.
La espera se me hizo larga, de rodillas sobre la colchoneta pequeña con el cuerpo apoyado sobre nuestra cama y acompañando cada contracción con movimientos de pelvis, todo lo más relajado posible pero ya con sonidos intensos que soltaba a mi gusto, aquellas aaaaaaaa abiertas, intensas y largas que acompañan cada contracción. Entre contracción y contracción miraba la cama y deseaba que aquello acabara ya y estar con el bebé en brazos; tenía ganas de llorar y todo, ostras, qué dolor los apretones que me venían… ¡si hubiera sabido que durarían tan poco seguro que los habría disfrutado más en aquel momento!
Llegó C, me vio allí arrodillada y le decía que era muy intenso; infla la piscina y llenémosla ya, le dije, así lo hizo y mientras se llenaba nos dábamos la mano y yo transitaba las contracciones como olas del mar, que es la visualización que siempre me ha ido bien, ya que sabes que hay un momento de calma entre una y otra. La música de fondo, yo de rodillas con los brazos estirados sobre la cama, a ratos una pierna se levantaba, la pelvis se movía acompañando la contracción, todo muy intuitivo, como el cuerpo me pedía. En un momento C me dijo que las matronas ya habían llegado, eran las 23h. En aquel momento sentí una gran confianza y ligereza, de manera que la contracción vino acompañada de una sensación de inicio de expulsivo. Al poco sentía la mano cálida de la matrona en el sacro como una caricia de confianza, sus sonrisas cálidas, su suave voz de seguridad y calma. Quise que escucharan el latido del bebé, se escuchó y todo estaba bien. Me propusieron si quería entrar ya al agua, dije que sí. Al entrar sentí un gran placer, aquella agua calentita, la sensación de flotabilidad que me llevaba a nuestros baños de verano. No sé si fueron dos o tres contracciones dentro del agua, tumbada boca arriba flotando, hasta que sentí la cabeza que salía, toqué y noté sus cabellos, ¡ya venía! En la siguiente contracción salió toda la cabeza, con las piernas abiertas y la cabeza fuera, dentro del agua, con los cabellitos negros, sonreía y celebraba que aquello ya estaba, ¡una contracción más y ya estábamos! No sentía ningún dolor, solo esperaba la contracción cuando, de repente, el bebé se empezó a mover inquieto dentro de mí; ¡aprieta pues! ostras, es que no puedo porque no me viene la contracción, ¡se está moviendo mucho! Entonces las matronas me invitaron a girarme; al hacerlo mi cuerpo salió fuera del agua y ya no convenía hundir de nuevo al bebé; grité esperando la contracción que no acababa de venir, y entonces, pidiendo un permiso respetuoso, la matrona ayudó al bebé a hacer la última rotación y sacar los hombros para que acabara de salir. Sentí al instante el llanto del bebé, cosa que me hizo pensar que era muy buena señal que respirara tan bien y tan potente. La matrona sacó dos vueltas de cordón del cuello del bebé, me giré con cuidado y volví a sumergirme y al momento tenía al bebé sobre mí dentro del agua caliente, con C abrazándome los hombros por detrás. Eran las 23:30h. Las matronas dieron una toallita para cubrirlo; el bebé lloraba un poco más, creo que necesitaba que le entrara un poco de aire después de aquella salida. Al poco se calmó y lo miramos con amor, ternura; yo estaba bastante dolorida hay que decir, pero muy serena e infinitamente agradecida, le daba besos, lo miraba, abrió los ojos, nos miramos y entonces quise saber quién era, ya que no sabíamos el sexo y teníamos un nombre para niño y otro para niña. Con la mano, la metí dentro del agua para tocar sus genitales, buscaba los testículos, que no supe encontrar. Nerviosa, le dije a C que lo tocara. Él me dijo: me parece que es una niña. Como teníamos dos niños y ya iba muy mentalizada para un tercero, pedí a las matronas que miraran el sexo; así levantamos un poco al bebé de sobre mí y sí, ¡era M, nuestra hija! Me sentía feliz; las matronas y C me ayudaron a incorporarme y tumbarme en nuestra cama, allí continuó el piel con piel desnudas que duraría casi 48h casi non stop. Sentía todavía contracciones intensas a ratos, me incomodaban un poco ya que por un lado estaba en la nubecita con la bebé y por otro sentía las contracciones. Empezó a succionar el pecho y el calostro, ¡qué placer volver a amamantar! Pasado un rato las matronas me propusieron expulsar la placenta, que probablemente ya estaba libre; lo podía hacer incorporándome o, si no me quería levantar, ellas podían tirar suavemente del cordón umbilical para acompañarla hacia fuera. Preferí la segunda opción, ya que así lo habíamos hecho con los otros dos, y con mucho cuidado y lentamente la invitaron a salir, empujé un poco y uau, salió y sentí una gran ligereza y liberación; las contracciones intensas desde aquel momento ya se marcharon. La miramos, honramos, la toqué… la tuvimos un buen rato allí al lado, ya que todavía no habíamos cortado el cordón. Primero comimos un batido, las pizzas que nos llevaron a la cama y estuvimos un rato solos también con C, mirándola, acariciándola, sin prisa, disfrutando de estar en casa, en nuestro nido. Un rato después C cortó el cordón, y luego las matronas me revisaron la vulva por si había alguna fisura, pero estaba todo perfecto. Fui al baño a hacer un pipí, que no me hizo ningún daño, y un rato después se marcharon, una vez recogida la piscina y todo en orden, la infusión de tomillo del prado de casa lista para ir limpiando el perineo cada vez que fuera al baño y así favorecer los cuidados de manera natural, la impresión de la placenta en las hojas de acuarela… habían pasado más de 4h fuera del tiempo, las matronas volverían al día siguiente y nos acompañarían de manera cercana en todo el posparto para ver la evolución de la niña los primeros días, la mía, la lactancia y todo aquello que necesitáramos.
Poco después empezaba a hacerse de día, continuaba el piel con piel y los besos, el placer del amor por la vida, la calma, nuestro calor sin interrupciones. De nuevo mi bebé podía adentrarse en este mundo de manera lenta, gradual y respetada, en un útero externo que poco a poco se iría abriendo para poder presentarle el mundo.
Gracias Equip Mudra y a todas las matronas que hacéis posibles los partos respetados en casa.




