Antecedentes
Nuestra primera hija, Nur, nació por cesárea después de una inducción por CIR con Dopplers alterados desde el 2º trimestre. Durante el embarazo me informé mucho y tenía muchas expectativas del parto. Quería un parto lo menos medicalizado posible y sin epidural; por eso, cuando en la semana 37 me propusieron inducir porque no crecía bien, se me cayó el mundo encima. En un primer momento, no aceptamos. Continuamos con controles y presiones de inducción por parte de los ginecólogos, y en la semana 39, después de darle muchas vueltas, más serenos y con miedo en el cuerpo de que Nur no estuviera del todo bien dentro de la barriga, programamos la inducción. Seis prostaglandinas y 20 horas después, estaba dilatada de 3 cm y había tenido un par de contracciones que se habían esfumado en nada… hablamos mucho con todo el equipo y finalmente decidimos hacer cesárea; el 15 de diciembre de 2017 nació Nur, pequeña, pero sana. A mí me quedó un poco de vacío y una herida fruto de unas expectativas no cumplidas y de haber acabado en cesárea, que era lo que más quería evitar. Aun así, estaba muy feliz con mi niña y la nueva familia, así que durante un tiempo el dolor quedó apagado dentro de mí.
Embarazo de Kai (integración de la herida de la cesárea de Nur)
El embarazo de Kai llegó en cuanto nos pusimos a ello, ¡estaba encantada! Tenía nueve meses para disfrutarlo. ¡Me encanta estar embarazada! Igual que mi madre en sus embarazos, es de los momentos en que mejor me he sentido de mi vida. Tengo la suerte de no haber sufrido casi ninguno de los síntomas molestos de los embarazos, o al menos no lo he vivido como algo negativo, sino como unos cambios necesarios a los que mi cuerpo se adapta. La plenitud y el bienestar, tanto físico como emocional, y el saber que tengo una vida dentro, me hacen disfrutar de estos meses a tope.
Con este nuevo embarazo, sin embargo, resurgió el dolor de mi parto anterior, más fuerte que nunca; ahora sí que me dolía la manera como Nur había llegado al mundo. Mi primera prioridad fue evitar otra cesárea. Me planteé seriamente lo que con el primer embarazo ya había pasado por mi cabeza: un parto en casa. Contactamos con Equip Mudra y, después de conocerlas en la primera sesión informativa, yo ya sabía que probaríamos un parto en casa con ellas. Victor, al principio, no lo veía claro, pero a medida que pasaban las semanas estaba cada vez más convencido, hasta que el parto en casa también se convirtió en su primera opción.
El embarazo avanzaba y todo iba bien, estaba decidido: pariría en casa, pero era importante llegar al parto completamente sanada psicológicamente y aceptando que había posibilidades de que se repitiera una cesárea si era necesario. Fui a una psicóloga perinatal y, después de un buen trabajo con ella, conseguí aceptar e integrar el nacimiento de Nur como lo que fue: una cesárea no deseada, pero bastante respetada y bonita, con el apoyo y el cariño de Victor, y un amor entre los tres que quedará para siempre.
Parto de Kai
Es viernes, estoy de 41+2, voy al hospital para hacer visita y correas. Imagino que la gine me dirá que hay que inducir, ya que se acerca la «fecha de caducidad» de los hospitales: 42 semanas. Tengo clarísimo que no lo haré; además, no pienso estresarme nada hasta el lunes. La ginecóloga ya sabe que tengo la idea de parir en casa así que me pregunta qué quiero hacer, le digo que de momento esperar a la 42. Me explica algunos riesgos, blablabla… y me dice que nos vemos el lunes y hablaremos de inducción. Las dos comentamos y deseamos que la cosa se active durante el fin de semana, ya que en las correas ya se ven bastantes contracciones y yo hace algunos días que me noto a punto.
Salgo liberada del hospital, estoy tranquila y contenta con la visita, no he tenido que luchar demasiado para que no me agobien con la inducción, pensaba que sería peor… y lo más importante, todo está perfecto. Creo que no volveré el lunes, tengo la intuición de que pronto pasará algo. Así es. Aquella noche de viernes, a las 2:30, una contracción bastante fuerte me despierta. Entre nervios y pródromos ya no duermo, ¿será hoy? De madrugada expulso tapón mucoso, pero por la mañana los pródromos aflojan. Veo que el parto no será inminente, por tanto, con Victor decidimos seguir con los planes que tenemos para hoy. Vamos a comer con unos amigos, así pasamos el día distraídos. Por la noche, los pródromos vuelven y descanso lo que puedo, sin conseguir dormir… El domingo aprovechamos para dar un paseo tranquilo hasta el río, con Victor, Nur y mi madre. Por la tarde descanso, para llegar bien al parto. Ya he pasado 2 noches intensas de contracciones que durante el día se suavizan y se espacian, espero que no falte mucho para que esto empiece de verdad, no tengo ninguna gana de ir el lunes a la visita con la gine… Por la noche hablamos con Kai, a todos nos gusta el lunes 15 de junio para que salga (Nur es del 15 de diciembre, así que serían 2 años y 6 meses clavados).
El domingo me voy a la cama con un poco de desasosiego, realmente deseo que este preparto no se alargue mucho más, no quiero llegar agotada al gran día… Igual que las dos noches anteriores no acabo de dormirme profundamente, cierro los ojos y descanso. Estoy en la cama, pasando las contracciones bien encogida, emocionada por lo que vendrá y con Victor y Nur durmiendo a mi lado. Pasan un par de horas y algo cambia. Las contracciones se han ido volviendo más intensas y más constantes, me doy cuenta de que hoy nacerá Kai, lo veo claro, lunes 15 de junio, como deseábamos. Me levanto, ya no estoy cómoda en la cama, necesito mover mi cuerpo. Paso unas horas muy agradables en la oscuridad y el silencio de la noche. En el balcón, mirando las estrellas y la luna, conectando con todas las mujeres y mamíferas, me pregunto cuántos más animales en el mundo están en este momento en proceso de parto. En el comedor de casa, bailando en la oscuridad, música de Rosa Zaragoza, velas, movimiento, noche, y totalmente conectados, Kai y yo.
A medida que han pasado las horas, muy lentamente, todo ha ido a más. Estoy nerviosa, pero a la vez tranquila, sé que todo irá bien. Tengo otra hija, aun así, estas sensaciones son nuevas para mí, he leído mucho y me hago una idea de lo que puedo esperar… Ahora, por fin estoy viviendo en primera persona un parto y es como un sueño hecho realidad. Tengo dolor, pero no es tan intenso como para no dejarme disfrutar de estos momentos, todo llegará. Lo disfruto en soledad hasta que de madrugada despierto a Victor. Acabe de una forma u otra, esta noche ha sido mágica para mí y eso nadie me lo quita.
Cuando empieza a clarear avisamos a las matronas de parto en casa, Marga y Cris. Sin prisas, Marga se levanta, lo prepara todo, y viene a ver cómo estamos. Nur y Victor (que había vuelto a la cama un rato) se levantan. Ahora toca la parte logística: avisar a los abuelos, vestirse, desayunar, tener las cosas preparadas… entre la claridad del día, atender a Nur y tener que pensar temas concretos, las contracciones aflojan, no desaparecen, solo dan una tregua para que mi parte racional funcione mejor. Hablo con Nur, le explico que Kai ya quiere salir, me da el beso más tierno del mundo… Pronto ella también tendrá un nuevo papel: hermana. Va llegando gente: Marga, mi madre. Todas contentas, ¡el gran día ha llegado! Yo todavía puedo hablar y bromear entre contracciones. Durante el embarazo no teníamos muy claro si queríamos que Nur estuviera en el parto o no, se lo preguntamos, supongo que tampoco lo entendió muy bien. Como se lo pasa muy bien con los abuelos, hoy cuando ha venido mi madre, ha querido marcharse con ella, y a mí me ha parecido lo mejor, no sé si estaría 100% para Kai si Nur estuviera aquí.
Marga me pregunta si quiero tacto, tengo miedo, ¿y si después de estos últimos días y la noche pasada no he dilatado nada? Ya sé que no estoy a punto de parir en 1 hora, pero las contracciones duelen y estoy cansada… espero haber avanzado algo, aunque sea poco… Con mucho cuidado, Marga me hace un tacto, ¡3 cm! Bueno, me parece bien, ¡a Marga también! Estamos de acuerdo en que se marche a hacer unos recados por allí cerca y la llamaremos cuando yo lo necesite.
Nos quedamos Victor y yo en la intimidad de nuestra casa, el trabajo de parto sigue su curso. Noto que él está nervioso, aun así da el 100% para que yo esté cómoda, lo hemos hablado y sé que hoy me lo dejará pasar todo. Me molesta tanta luz, bajamos persianas. Voy paseando con solo una camiseta y una manta que a veces me da calor y a ratos me molesta… uffff… ahora sí me duelen las contracciones, me apoyo en un mueble del comedor en cada contracción, y de vez en cuando me cago en todo… «¡Victor, llama a Marga!» Me parece que hace nada que se ha marchado, pero ¡prefiero que esté aquí! Victor, masaje en los riñones, es donde más me duele… ¡ahora no, apartado!, ¡ahora sí masaje!… Y yo, apoyada en el mueble todo el rato.
Enseguida llega Marga, le gusta el cambio que ve, dice que vamos por buen camino. Propone empezar a inflar la piscina, seguro que me va bien entrar en el agua, estoy de acuerdo. Mientras tanto voy pasando las contracciones con un saco de semillas que me da calor, y los masajes y friegas en los riñones que me hacen Victor y Marga. Todo, sin separarme ni un momento de mi nuevo compañero: el mueble del comedor del que me sostengo. Me parece que las contracciones aquí, de pie, y con medio cuerpo sobre el mueble se soportan mejor.
¡Joder qué dolor! No sé si podré aguantar todo un parto… ¿todavía no está la bañera? Necesito un cambio… A ver si allí mejora. Al cabo de unos minutos, que se me hacen eternos, la piscina ya está lista, ¿hacemos un tacto antes de entrar? Quiero saber si estoy avanzando. Son las 13:00, estoy de 6-7 cm (habría preferido estar de 8-9 cm, pero ok, 6-7 está bien), entro en la piscina, temperatura perfecta, oooh qué bien se está… sí que se alivia el dolor. ¡Victor, entra conmigo! Tenemos unos momentos muy íntimos y románticos dentro del agua, es una mezcla muy extraña, tanto dolor y tanto amor con Victor, instantes muy bonitos combinados con un dolor que empieza a hacerse insoportable. Intento dejarme llevar, entregarme al dolor, ya estoy muy familiarizada con el dolor de las contracciones después de un preparto tan largo (esa sensación que tanto había deseado que llegara en la inducción de mi primer parto). Es tal como tantas veces había leído en relatos de parto, como una ola. Pienso a menudo en Portbou, mi pueblo, estas contracciones son olas de cuando en Portbou hay levante: grandes, muuuuy grandes, se acercan a la playa y rompen en una explosión que nunca sabes hasta dónde llegará, inundan el paseo. Un pequeño descanso, y ya ves venir la siguiente ola que llega con la misma fuerza. ¡Qué bestia! ¡Hay levante dentro de mí!
Ya empiezo a perder el mundo de vista, estoy, pero no estoy. En algún momento llegan Alexandra (la fotógrafa) y Cris. Estoy sola dentro de la piscina y estoy flipando del dolor, no me doy cuenta de todo lo que pasa a mi alrededor, pero me siento bien acompañada, siempre que lo necesito tengo una mano que apretar, un pañuelo para morder, un poco de agua para beber o unas palabras de apoyo. Voy buscando diferentes posturas en la piscina, hasta que me parece que ya no puedo más, estoy incómoda en el agua, quiero salir. Entre contracciones y con ayuda salgo, no sé cómo ponerme, me duele todo…
Me miran, las constantes están bien, pero a las matronas les parece que Kai no está encajado… me recomiendan una postura tumbada de lado con una pierna más arriba que la otra, aguanto un par de contracciones y estoy incomodísima, probamos de pie, un par de contracciones aquí, horrible también… en este momento no me importa si está encajado o no, solo quiero ponerme de alguna manera que no me duela tanto, voy al lavabo y me siento. Lo que más me alivia las contracciones es gritar, hacer ruido y respirarlas como puedo. Me siento horrible, no sé cómo ponerme ni qué hacer, no puedo más, voy preguntando: «¿qué hago?, ¿cómo me pongo?» Obviamente no hay una respuesta externa, mi cuerpo ya sabe qué debe hacer. Traen la silla de partos y me siento en ella, ya hace un rato que tengo ganas de empujar y así lo hago. Recuerdo muchos relatos de parto que explican que empujar es liberador, que parece que en el expulsivo, por fin, hacen algo útil… ¡y una mierda! Para mí esto todavía es peor, aprieto con todas mis fuerzas y no parece que avance nada, parece que quiera apretar contra una piedra gigante y esta no se mueve ni un puto milímetro…
En la silla de partos siento los dolores más fuertes que he sentido nunca y grito como no lo había hecho jamás. Salen unos gritos de mí que no reconozco, con todas las tonalidades existentes. A un lado tengo a Victor y al otro, a Cris, los agarro a los 2, uno con cada brazo apoyándome en sus hombros, tengo mucha fuerza, sé que los estoy destrozando, pero necesito agarrarme a algo para seguir empujando fuerte. Marga está en el suelo, hace muchas cosas, controlar constantes, escribir muy a menudo en un papel, y todo sin perder de vista mi vagina, ni dejar de darme apoyo.
Traen un fular y me lo ponen por detrás de la espalda y por debajo de las axilas, Victor de pie delante de mí sostiene los 2 extremos, cuando viene la contracción me apoyo en él y aprieto con todas mis fuerzas. Estoy bajo el marco de la puerta, entre el lavabo y el pasillo, así que, como puedo, sentada en la silla de partos, pongo un pie en el suelo y otro contra la pared, me parece que así puedo empujar más fuerte.
Me desespero, aquí no pasa nada, no saldrá nunca y no puedo más. Entre contracciones, le digo a Cris que podríamos ir al Hospital para que me lo saquen, «sí, ahora» me contesta con un tono irónico y una sonrisa. En el fondo no lo he dicho en serio, pero está bien pensar que hay una alternativa. Entre contracciones respiro mucho, haciendo ruido, Cris me acompaña en la respiración, me ayuda mucho, descanso, y cojo fuerzas para la siguiente contracción. Se me está haciendo eterno, parece que lleve una eternidad empujando. «¿Está todo bien? ¿No estamos tardando demasiado?» Me animan, Kai está perfecto, vamos haciendo trabajo poco a poco, me dicen que ya se ve la bolsa. ¡Claro! ¡La bolsa de aguas todavía no se ha roto! Está intacta y a cada contracción sale un poco, la veo con un espejo, me animan a tocarla entre contracciones, me da un poco de cosa, pero toco, es caliente, blandita… Y detrás empieza a salir la cabeza. ¡Va!, no puede faltar mucho…
Los gritos, que parecía que no podían ser más bestias, se vuelven aún más animales, salen desde lo más profundo de mi ser. En la siguiente contracción noto un calor líquido que me alivia el dolor por unos instantes. Se ha roto la bolsa, aguas claras, dicen.
Siento la cabeza que ya quiere salir. A cada contracción sale un poco, pero vuelve a entrar… ¡Ostras!, ¡que salga ya! ¡Solo deseo tener contracciones más largas para poder empujar más fuerte y que salga de una vez! ¡Digo que no puedo más! Me animan, me dicen que ya está, que no queda nada. Respiro, «¡va, ahora sí!» aprieto muy fuerte, siento el anillo de fuego, parece que todo vaya a reventar, pero se acaba la contracción y Kai todavía está dentro. Pienso que me moriré, había puesto todas las fuerzas en esta para que saliera ya… Ha salido un buen trozo de la cabeza y no ha vuelto atrás, lo siento perfectamente. Pero Kai todavía está más dentro que fuera. No puedo ni respirar mientras espero la siguiente contracción, hago ruidos y gritos y por suerte no tarda en llegar la siguiente ola. «¡Sí! ¡Esta es la definitiva!» cojo aire y empiezo a empujar intentando racionar mi fuerza. «¡YA SALE, YA SALE!» oigo la voz de Victor emocionada y eso me da la fuerza que me falta para seguir apretando. Hasta que lo noto todo, perfectamente. Sale toda la cabeza, el anillo de fuego quema intensamente. Acto seguido, siento cómo mi vagina recorre el resto de su cuerpo, que sale sin mucho esfuerzo.
Marga lo recibe y en 1 segundo ya lo tengo en brazos, no me lo creo, lo abrazo y lo estrecho cerca de mí, es precioso. Qué bien me siento, ha desaparecido completamente el dolor y solo hay placer. Victor a mi lado, está flipando. Miro a Kai, está bien, está perfecto, llora un poco, pero en mis brazos se calma enseguida. Nos damos un beso con Victor y nos abrazamos, qué subidón. Con Kai en brazos me acompañan hasta la cama. Allí tumbados, la felicidad más absoluta, Victor nos mira con orgullo y amor. Kai calentito se mueve sobre mí, es el niño más bonito del mundo. Y yo todavía no lo asimilo: Parto Vaginal Después de Cesárea, en Casa, con todas las letras, mejor de lo que nunca hubiera soñado.
Son las 19h de la tarde, que venga Nur, así dormiremos los 4 juntos. Antes de que llegue, Kai se ha enganchado al pecho y ha mamado un poco.
Noto como contracciones suaves, empujo un poco y sale la placenta, la siento bien caliente, la recogemos y se queda a nuestro lado, todavía con el cordón umbilical que llega hasta Kai. Marga nos la enseña bien y nos la explica.
Llega Nur, entra en la habitación y le enseñamos a Kai, se le ilumina la cara. La familia crece. ¡Bienvenido Kai!
Gracias Aleksandra, por tu profesionalidad y discreción y por algunas de las mejores fotos de nuestra vida.
Gracias Cris, por la ternura y el cariño, por tus miradas cómplices, por respirar conmigo, y también por tu hombro y tu cintura (¡estás muy en forma!) 😉
Gracias Marga, por la seguridad y la confianza absoluta, por la serenidad y la experiencia, por tu mano siempre fuerte y segura, por no dudar nunca y por saber transmitirlo tan bien.
Gracias a las dos por hacerlo posible, por tener claro que las mujeres sabemos y podemos parir y por este acompañamiento completamente respetado y lleno de amor.
Gracias Nur, por ser una superhermana ya antes de que Kai nazca y por aquel bonito beso cuando todo empezaba.
Gracias Victor, sin ti nada hubiera sido igual. Por el apoyo incondicional, por creer en mí, por las caricias, los abrazos, los besos y la fuerza que me transmitiste cuando más lo necesitaba. Y sobre todo por ser el mejor padre y compañero.
Gracias Kai, por nacer y elegirnos como familia.




