(El nacimiento de nuestra hija Ona Lua)
El día 24 de enero de 2016 me desperté muy activa. Antes de levantarnos, hicimos el amor de manera salvaje —todo lo que se podía con la barriga gigante que tenía—, hicimos un buen desayuno, fuimos a buscar leña al bosque y fuimos a comer con mis suegros porque tenía antojo de calçots. Una vez en el restaurante me entraron muchas ganas de comer un bistec gigante (y eso que soy vegetariana).
Nos fuimos hacia casa muy contentos, yo me sentía muy a gusto, nada cansada. Vimos una peli, en la que mi marido se durmió y yo empecé a sentir unas contracciones que hacían un poco de cosquillas. Recuerdo pensar que ya podría haber elegido una peli más bonita para el día del parto.
A las 12, hora en que había acabado la peli, ya no quedaban dudas: mi hija había tocado a la puerta para entrar en nuestro mundo y salir de mí…
Me levanté y llamé a Marga: «¡Que ya ha empezado! ¿Qué hago? ¿Despierto a Marc?» Lo dejé dormir dos horas más, mientras preparaba el comedor con velas, piedras preciosas, música…
A las 2 las cosquillas se habían transformado en un dolor lo bastante fuerte para despertar a Marc. Me hizo la típica respuesta aprendida en algún curso: «no debe ser nada, ven a dormir…» y le aclaré que no hacía falta hacer el teatrillo y que lo necesitaba despierto porque ya había empezado.
A partir de aquel momento entré en un mundo aparte… los detalles de horas y centímetros de dilatación y otras precisiones racionales que explicaré más adelante me los dieron después… yo flotaba en una ola de dolor que me llevaba a un mar desconocido… la marea alta me traía el dolor y la necesidad de expresarlo, la marea baja el descanso y casi el delirio…
El viaje empezó en una barquita muy insegura: «quiero irme a dormir, no sé cómo ponerme, no quiero parir hoy…», —recuerdo las manos suaves y llenas de ternura de la maga Marga que me acompañaban en la bañera, donde aguanté solo unos minutos— y a medida que pasaban las horas, la barquita se fue haciendo más grande y estable, hasta transformarse en un barco que domaba el mar… Pero para llegar ahí pasé por muchas posturas: en el sofá a cuatro patas, en el suelo, con la pelota no va bien, agarrada a la tela, sentada en la tela, levanto la pierna derecha, no, mejor la izquierda, mejor tumbada en la cama, ¡ay-ay!, ¡no-no!, de pie colgada de un cuello fuerte, sentada en cuclillas, sobre unas piernas queridas, ¡volvamos a empezar!… ¡todo el kamasutra del parto! y pasar por infinitas mareas que cambiaban cada 3 minutos. «¡Lo estás haciendo muy bien!» Un susurro de voz que inspira confianza… «¿Sí?» me salía con voz temblorosa y necesitada de ese refuerzo positivo. ¡Gracias Paloma! La transformación de barquita a barco, de gatita a leona, se produjo en el momento en que alguien me dijo que le tocara la cabeza a mi hija. La toqué durante horas. Me transformé en super poderosa que aprovechaba las olas gigantes de cada contracción para hacer surf y los descansos para recuperar fuerzas… ¡mi hija estaba de camino! ¡Estaba aquí!
«Queda muy poco», palabras sabias pero inciertas que me trajo el viento a las 10 de la mañana… su eco en forma de recuerdo me llegó a las 14h… ya llevaba 12h en alta mar, siempre acompañada de mi marido, mi puerto seguro, que aguantaba el peso de cada marea conmigo, siempre presente. Necesitaba sentirlo conmigo, colgarme de él, mirarle a los ojos… su calma y su seguridad me ayudaban a atravesar el océano.
A menudo se apoderaba de mí un calor y una sequedad tan devoradores que solo tenía fuerzas para decir: «¡Agua!», y la quería bien fría, con hielo, y ahora mismo.
«Queda muy poco», de nuevo esas palabras susurradas por alguien… Espera… ¿esto no me lo dijisteis hace horas? Risas, no nos hagas caso…
«¿Y si pruebas de hacer pipí?» Alguien me sugirió. No tengo ganas, he perdido la sensación del pipí. Lo intento, va. Qué experiencia tan curiosa caminar con una cabeza bien encajada en mi pelvis. «¡Tengo una pelota en medio de las piernas!» No había perdido mi sentido del humor. Entro al lavabo de lado… y nada.
No tenemos más posiciones para probar; esa rara, tumbada en la cama, no la quiero, que dolía mucho, ¡Paloma!
Solo nos queda el truco final, decían las dos magas que nos acompañaban. «Necesitas un poco de oxitocina natural». Y se marcharon de la habitación. Y que Marc me diera besos apasionados y besitos en los pezones. ¿Cómo? Venga, vamos al lío. ¡Y magia! Las mareas se activaron creando olas gigantes, 1, 2, 3 ¡¡¡anillo de fuego!!! ¡¿Qué es esto?! ¡Sentía como si fuera directa hacia la muerte, sin opción de volver atrás! Grito, grito muy fuerte, ¡qué dolor tan impresionante!
Ya está.
La cabeza está fuera.
«¿Aprieto o espero la siguiente contracción?» Espero…. y ya ha salido… la tengo encima de mí, incrédula, qué momento, bonita, preciosa, ¡ya estás aquí! Y respira, y grita, y hace caca… chafadita, maravillosa, cara-cono… El papá pudo verlo todo, todo, y en el momento de salir su hija el mar se apoderó de su ser y unas lágrimas brillantes viajaban por su rostro.
Me ayudaron a tumbarme en la cama. Qué milagro, pequeña… más caca, más lloros cuando la movían. Ona Lua, nuestra hija. Qué fuerte… Aquí estaba, nacida a las 14:43 del 25.01.2016. 3240g de hija. 36cm de cabeza. Con un redondelito rojo del dedo de mamá. Perdona, hija, ¡lo necesitaba para tener fuerzas! Ella está bien, tranquila…. ¿Quieres teta, hija? No quiere. Quiere dormir.
Nos dejaron solos, por un rato, a los tres. ¡Tres! Unos momentos mágicos repletos de amor. Y repleta de amor estaba la crema de calabaza que me preparó y me dio mi marido a cucharadas un poco más tarde. ¡¡¡¡Mmmmmm!!!!
Solo faltaba salir la placenta —¡qué pereza levantarme y apretar!— pero salió sin problemas.
Después del batido y algunos mimos más, pasadas las 7, las 2 brujitas nos dejaron en familia, para volver a la mañana siguiente… «¡Pero antes tienes que hacer pipí, si no no podemos marcharnos tranquilas!» Y fue muy difícil. Parecía que había perdido los músculos necesarios para vaciar la vejiga.
¡En familia, los tres! 12h después de aparecer, después de haber recuperado fuerzas con un sueño reparador, la lucecita empezó a buscar la teta y se enganchó enseguida.
Qué regalo los diez días de piel con piel que hicimos… y todos los días después siempre tan juntitas… ¡qué a gusto dando teta!
¡Bienvenida Ona Lua, bienvenida familia!
¡Ah! Decía algo de explicar detalles técnicos, ¿verdad? Ya veis que no tenían ninguna importancia y me importaba un pepino cuánto estaba dilatada y a qué hora. Solo recuerdo que la brujita mayor muchas veces escuchaba el corazón de la bebé y me decía «¡Está perfecta!» Era lo único que necesitaba saber.





