Después de un embarazo tranquilo y con poco malestar, viví los últimos días con un poco de nervios. La fecha probable de parto ya había pasado y la ginecóloga quería programarnos una inducción. Le pedí retrasarlo el máximo tiempo posible y propuso esperar hasta el día en que cumplía 42 semanas, ya que estaba todo bien.
El domingo por la noche Marga nos hizo una visita para hablarnos de todas las opciones que teníamos; decidimos hacer acupuntura, masaje y la maniobra de Hamilton. Yo hacía días que notaba contracciones, pero muy flojas e irregulares. El lunes por la mañana ya empecé a notarlas más a menudo. Después de comer quise echar una siesta para intentar descansar por si iba a más, pero no pude dormir. Supongo que fue una mezcla de nervios, emoción y alguna contracción más intensa. A medida que avanzaba la tarde las contracciones ya se habían vuelto regulares, pero muy espaciadas. Durante todo el proceso estuvimos comunicándonos con Marga y Sílvia.
Cada hora se iba reduciendo el tiempo entre contracción y contracción. Al principio las iba pasando mientras caminaba, pero ya más hacia la noche todo se intensificó. Àlex me calentaba la bolsa de agua caliente y el saquito de semillas mientras me hacía masajes. Yo iba caminando del comedor a la habitación y hundía la cara entre los cojines, no sé por qué, mientras pasaba el momento de más intensidad. Recuerdo que entre contracción y contracción me entraba como una somnolencia muy grande.
No recuerdo qué hora era, ya había perdido la noción del tiempo, las contracciones eran muy seguidas e intensas. Sentí que lo que hacía ya no era suficiente para transitar el dolor y le dije a Àlex que me iba a la ducha. Mientras tanto él llamó a Marga para pedirle que viniera y comentarle que iría llenando la piscina.
Hacia la 1 de la madrugada llegó Marga (no sé por qué recuerdo la hora). Minutos antes de que llegara había empezado a sentir la necesidad de empujar. También había sentido cómo salía un líquido caliente y deduje que había roto aguas.
Marga me pidió permiso para hacerme un tacto y nos dijo que había dilatado entre 6-7cm. También escuchó el corazón de Aran, que latía y cambiaba el ritmo en cada contracción. Fuera de mi mundo de parto, en casa, habían saltado los plomos por el sobreesfuerzo que hacía el «termo» de agua caliente al llenar la bañera. La verdad es que no me importaba nada ya que yo no tenía frío, pero Marga y Àlex iban calentando ollas y teteras.
Estuve unas horas en la bañera, sin ninguna conciencia del paso del tiempo, recuerdo que la primera vez que empujé salió de dentro de mí un grito incontrolable del fondo de las entrañas que me sorprendió muchísimo. Toda esta parte fue aún más salvaje y animal. Rendida completamente a mi cuerpo, que hacía lo que sabía hacer sin necesitar mi voluntad o control. Solo conectaba con mi parte más racional cada vez que escuchaba el corazón de Aran, porque quería sentir la tranquilidad de que todo estaba bien.
Después de unas horas Marga me sugirió cambiar de postura y me propuso salir para sentarme en la silla de partos. En todo este rato tan intenso y brutal no dejé que Àlex se moviera de mi lado y en silencio me hacía masajes en las lumbares. También sentía la mano de Marga y, lo que es más importante, su calma y experiencia.
En la silla de partos estuve un rato más, Àlex se sentaba detrás de mí en una silla normal y aguantaba mi peso cada vez que me levantaba para hacer fuerza. Estaba cansada del esfuerzo; entre cada contracción Marga me animaba a respirar de manera tranquila. Sílvia, la segunda matrona, apareció de manera discreta y sonriente. Se puso a preparar algunas cosas para el final del parto y escuchó el corazón de Aran, que se adaptaba y remontaba con cada contracción.
Ya estábamos al final, me decían que quedaba poco, ya veían la cabeza cerca. Yo dije que no podía más, me sentía agotada, y ellas empezaron a animarme con mucha fuerza y energía.
La cabeza estaba fuera. Me dijeron que con la siguiente contracción ya nacería; mientras Marga estaba preparada para recibirlo, Sílvia me ponía compresas para proteger el perineo y Àlex seguía detrás de mí ayudándome a hacer fuerza. Sentí que volvían las ganas de empujar y dejé salir toda la fuerza que me quedaba. A las 5.02h de la madrugada del martes 9 de noviembre de 2021 nació Aran. Marga lo cogió, le sacó la vuelta que llevaba en bandolera y en pocos segundos lo tenía en mis brazos. Enseguida lo frotó y tapó con la toalla caliente y empezó a llorar. Recuerdo que les preguntaba si estaba bien, tenía la necesidad de saber que todo había ido bien y cuando me lo aseguraron respiré tranquila. Recuerdo también que Àlex me sostenía los brazos porque no quería que Aran resbalara. Y muchos besos, mucha emoción.
Recuerdo un abrazo entre Marga y Sílvia y sus sonrisas.
Perdí un poco de sangre y enseguida me acompañaron al sofá donde me tumbé, di a luz a la placenta y acabó mi parto. Mientras seguían los cuidados y controlaban con detalle que los dos estuviéramos bien, yo seguía en una nube. Amor a primera vista. Trabajaban discretas para darnos a los tres nuestro momento de intimidad, de nacimiento de una nueva familia, de reencuentro al otro lado de la piel.
Aran ya no lloraba y empezó a mover la cabeza para mamar; Sílvia lo ayudó a hacerlo, no succionaba con mucha fuerza, pero fue un momento mágico, qué sensación tan especial. La energía y la felicidad me desbordaban. Charlábamos, comíamos algo, olor a café, compartíamos la alegría con la familia y los amigos, recogían, todo tan natural, tan fácil, con tanta complicidad, en familia. Fuera se hacía de día. Sílvia se marchó y cuando todo estaba en orden, un par de horas después, se marchó Marga.
Àlex me preparó la comida y nos fuimos a la cama. No podía dormir, la oxitocina me corría por las venas. Mi cuerpo cansado no acompañaba mi euforia. Solo podía pensar en la felicidad que sentía.
Y ahora me emociono solo de recordarlo. Solo siento agradecimiento infinito por las dos mujeres que me acompañaron antes, durante y después con un respeto, una confianza y un amor espectacular. Siento felicidad absoluta de saber que no hay ninguna persona mejor ni más especial para formar una familia que Àlex. Y siento orgullo por haberme empoderado y haberme permitido seguir mi instinto, que me han llevado a tener esta experiencia tan increíble.
Ahora conozco el amor incondicional gracias a Aran.






